En una casa del pueblo vivía una muchacha con su padre y la madrastra. Su mamá había muerto cuando ella era muy pequeña. Tan sólo la conocía por un cuadro que guardaba sobre el armario de su cuarto. Cuando estaba muy triste o le pegaba la madrastra, se encerraba allí, lloraba mirando a su mamá y conversaba con ella hasta que se dormía.
La niña era muy buena y obediente pero la madrastra no podía ni verla. Por cualquier cosa le reñía, le daba golpes en la cabeza y a veces llegaba a arañarla. Siempre andaba muy mal vestida y despeinada
La víspera de San José, la madrastra hizo buñuelos. La niña hizo muchos viajes a la tienda para traer aceite, harina, huevos, azúcar y tantas cosas que hacen falta Siempre obedecía de buena gana, pero esta vez iba y venía volando porque le gustaban mucho los buñuelos. La madrastra, que era muy mala, una vez que tuvo todo lo necesario, dijo a la niña:
—¡Ojo con probar ni uno solo de los buñuelos! Si te pillo comiendo uno aunque no sea más que uno, te corto la mano.
La niña se asustó. Se fue a su cuarto y se echó sobre la cama.
Pero no conseguía dormir. Hasta allí llegaba el olor de los buñuelos. ¡Qué ricos estaban! ¡Si pudiera probar uno siquiera!
Se levantó y se acercó a la cocina. Sobre la mesa grande había una fuente de buñuelos, calenticos, tostadicos, con una fina capa de azúcar sobre la tierna corteza. ¡Quién pudiera probarlos! —pensaba. La boca se le hacía agua. No podía resistir la tentación.
En un descuido de la madrastra, agarró un puñado de buñuelos con tan mala suerte que algunos se le cayeron al suelo. El ruido delató a la pobre niña y la madrastra se lanzó sobre ella como una furia.
—¿Con que robando buñuelos, eh? ¿No dije que te cortaría la mano si te veía comer uno?
Y dicho y hecho. Con el cuchillo grande de la cocina, de un tajo, le cortó la mano. La pobre niña dio un grito terrible. Pero nadie en el pueblo se enteró porque la casa era muy grande.
—Y ahora —rugió la madrastra— te lo vas a comer entero, si tanta hambre tienes. ¡Ahora mismo, he dicho! Y no me engañes, que te conozco, bruja más que bruja.
La niña estaba pálida de dolor y de miedo.
Tomó el brazo y lo escondió bajo la ropa de la cómoda de su cuarto. Volvió a la cocina donde la madrastra estaba haciendo los buñuelos como si tal cosa.
—¿Ya te lo comiste? —preguntó la madrastra.
—Sí —respondió la niña.
—Vamos a ver. Brazo, brazo, dónde estás. Brazo, brazo, dónde estás...
La madrastra recorrió todas las habitaciones de la casa buscando dónde lo habría escondido.
—Brazo, brazo, dónde estás... Brazo, brazo, dónde estás...
—En la cómoda estoy... en la cómoda estoy —se oyó una voz cuando entraron en la habitación de la niña.
La madrastra agarró el brazo y se lo dio a la niña.
—O te lo comes o te mato —rugió de nuevo con el cuchillo en la mano.
La niña, con su brazo en la mano, pensó dónde lo escondería para que la madrastra no lo hallase. Se le ocurrió en lo alto de una de las maderas del granero.
Pero hasta allá llegó la madrastra.
—Brazo, brazo, dónde estás... Brazo, brazo, dónde estás...
—En la bóveda estoy... en la bóveda estoy...
Roja de rabia, la madrastra se lo arrojó a la cara y le dijo que, si al terminar de freír los buñuelos no se lo había comido, la mataría sin remedio.
La pobre niña ya no sabía qué hacer. Cerró los ojos y se lo fue comiendo poco a poco. Sentía unas náuseas horribles, se sentía morir. Luego se dirigió a la cocina.
—¿Te lo comiste o no te lo comiste? —preguntó la madrastra.
—Sí, madrastra —respondio la niña, a punto de desmayarse.
—A ver, brazo, brazo., dónde estás...
—En la tripa estoy... en la tripa estoy...
—Bien. Así se castiga a las chicas desobedientes ¡A la cama!
La niña se fue a la cama y se durmió.
A la mañana siguiente, al ver que no se levantaba, la madrastra fue a su cuarto. Estaba muerta. Seguramente murió envenenada, o que Dios la castigó por comerse su propio brazo.
Y colorín colorao
este cuento se ha (a) cabao.
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