Había una vez un cura muy tonto, muy tonto. No sabía predicar decir Misa, ni nada.
Todo un año estuvo preparándose el pobre para decir la Primera Misa. Cuando llegó la hora, se equivocaba en todo y no daba una en el clavo. Los sacerdotes que le acompañaban le indicaban las cosas, pero él tropezaba a cada rato.
Llegó el momento de la Consagración y sus acompañantes se arrodillaron. Pero el Misacantano, profundamente inclinado sobre el altar, no hacía ni decía nada. Entonces uno de los acompañantes levantó la cabeza y dijo:
—Vamos, Don Tomás, ¿qué haces? Alza ya, alza.
Pero el Misacantano ni alzaba ni se movía.
—Vamos, hombre, que alces, que ha llegado al hora de alzar.
El Misacantano alzó una pata.
—Pero chico, ¿qué haces? Qué haces, te digo.
¡Qué va! El pobre cura ni oía, ni entendía, ni sabia qué tenía que alzar. Y alzó la otra pata.
—Pero, Don Tomás, ¡qué te pasa, hombre! ¡Qué estará pensando la gente!
—Pero, ¿qué alzo? —preguntó completamente aturdido y nervioso.
—¡La Hostia, hombre! ¡Qué vas a alzar!
—¿La Hostia? ¡Si me la he comido!
—¿Qué te la has comido? ¡Pues buena la has hecho!
—Y ahora, ¿qué hago?
—Que... ¿qué hago? Pues nada. Termina la misa y se acabó. Di que la misa ha terminado.
Entonces, el Misacantano se volvió y dijo:
—Yo me voy a Toledo. ¡Y ahora mismo!
Por Dios, ¡qué curas más tontos que hay!
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