El perro y el cangrejo

Un perro venía de lo más tranquilo por el camino de Munival. Era verano y el sol de agosto achicharraba los campos. Seguía con paso lánguido a una carreta de bueyes que acarreaba mies para la trilla. ¡Qué galbana traía!

Al pasar por el río Rama, vio un cangrejo joven, de color oscuro, que trataba de alcanzar la parte superior del río. (El camino parte en dos el riachuelo). Cuando hace mucho calor, los cangrejos salen a las orillas de los pozos a tomar el fresco. El perro se le quedó mirando mientras mojaba las patas en la corriente del río. Hacía mucho tiempo que no veía un cangrejo y le llamó poderosamente la atención su facha, las manos delanteras como pinzas de colgar ropa, las dos filas de extremidades que parecían remos y, sobre todo, su lento y torpe caminar. No pudo aguantar la risa y soltó una sonora carcajada que molestó mucho al cangrejo. El perro, entre risas y aspavientos, le habló así:

—¡Oiga, amigo! ¿A dónde va Vd. tan de prisa? En mi vida he visto caminar a nadie con tanto garbo.

Y sin más ni más, comenzó otra vez a reírse y a gesticular de manera que las lágrimas se le salían por los ojos y a punto estuvo de tocar las largas aspas del bigote del pequeño cangrejo. No hay cosa que moleste más a los cangrejos que alguien se meta con sus bigotes.

El cangrejo pues, ya bastante mohíno y enfadado con las palabras y gestos del perro, se apartó a un lado y le lanzó a bocajarro las siguientes palabras:

—Más despacio, Sr. Perro. Una cosa es pasear y otra muy distinta, ir de carrera. Que el que fue por lana volvió trasquilao, y no es lo mismo predicar que dar trigo, y el que ríe de último ríe mejor.

El perro se calló en seco y se puso muy serio. Sacudió las orejas y miró fijamente al cangrejo:

—¿Qué quiere Vd. decir con esa cencerrada? Hable claro, muchacho, y entendámonos de una vez.

—Lo que le digo y le repito es que el que ríe de último ríe más y mejor, Sr. Perro — contestó el cangrejo en un tono desafiante.

—Si no entiendo mal, Vd. me está desafiando o algo muy parecido —replicó el perro, ahora más serio y asombrado.

—Así es. Le apuesto lo que quiera a correr por este río o a campo tendido. Elija Vd. mismo y fije la meta.

El perro arrugó el morro, sacudió las orejas y, con unos ojillos como cabezas de alfileres, se quedó mirando al pequeño cangrejo, que reía maliciosamente mientras se arreglaba el bigote con sus fuertes manazas.

—Sí... Sí, Sr. Cangrejo —acertó a decir el perro. Pero sepa Vd. que soy el perro más veloz del pueblo y de estos contornos. No hay perro que me llegue al tobillo y nunca oí que los cangrejos corrieran tanto.

—Pues, señale la meta y vámonos, que con tanto hablar se nos va a caer la noche encima.

El perro miró al monte y propuso como meta la «fuente del Castillo» que se encuentra un poco a la izquierda, monte arriba. El cangrejo encogió los bigotes ante tanta distancia. Lo menos 50 kilómetros de donde se hallaban. Sin caminos ni atajos conocidos, habría que subir a traviesa, saltando ribazos, esquivando chaparros y ollagas ¡con lo que pinchan!, a través de un monte lleno de maleza. El pobre cangrejo dudaba y estuvo a punto de rajarse. Pero, en uno de los movimientos del perro, vio que éste tenía una cola corta y bien poblada de pelos. Rió maliciosamente y se frotó con gusto las pinzas de sus manos.

—Aceptado —dijo el cangrejo. En la fuente lo espero y brindaré por la victoria con un trago de agua fresca.

—Eso lo veremos —gruñó el perro.

Se pusieron a la par y quedaron de acuerdo en que ambos contarían «uno, dos y tres» como señal de partida. El cangrejo pidió a su rival que le permitiera colocarse un poco más atrás, a la altura de su cola, a fin de tomar impulso en la salida.

—Bien —contestó el perro.

A la señal convenida, salieron los dos corredores. El perro arrancó como alma que lleva el diablo. Pegó un salto tremendo y desapareció del río. En un coser y cantar, dejó atrás la primera cuesta y sonreía con satisfacción. Pero éste era bastante atolondrado y no se daba cuenta que llevaba a cuestas al cangrejo, quien, en el momento mismo de la salida, se había agarrado con sus fuertes tenazas a los pelos de su cola.

El perro volaba monte arriba. Saltaba los ribazos, esquivaba cuantos chaparros y piedras encontraba a su paso. Ni siquiera volvía la vista para ver dónde se hallaba el cangrejo. Este no soltaba la cola por nada del mundo y ¡qué susto! cada vez que el perro brincaba algún ribazo. Iba diciendo para darse ánimos.

—Ando a trancas y barrancas, paso las negras y también las blancas... Un, dos, un, dos.

Muchas veces se arrepintió de la apuesta pero se animaba con la victoria segura y ¡la cara que pondría el perro cuando se viera derrotado!

—Ando a trancas de barrancas; paso las negras y también las blancas... Un, dos, un, dos.

El perro corría como un loco monte arriba. No oía los lamentos del cangrejo, ni hacía caso cuando éste perdía el equilibrio y se iba de bruces contra las traseras de aquel.

—Alguna ollaga —pensaba para sus adentros.

Cuando estuvo cerca de la fuente, se paró en seco y a punto estuvo de descubrir la treta porque el cangrejo, desprevenido, se fue de narices hacia adelante y clavó sus pinzas en el trasero del perro. Pero apenas éste podía respirar. Dio media vuelta y se quedó mirando la cuesta tomando aliento. Brincó sobre una de las piedras y comenzó a gritar desaforadamente:

—¡Eeeeeeeeeh, cangrejo! ¿Dónde estás que no te veeeeeeeoooo? ¿Ya saliste del ríooooooo? ¡Cangrejoooooo! ¡Date prisa que se va a hacer de nocheeee! ¡El que ríe el último mejoooooooor!

La voz bajaba retumbando monte abajo y le hacía tanta gracia escuchar el eco de sus gritos que estuvo largo rato voceando, riéndose y haciendo cabriolas y volteretas sobre la piedra.

Como el cangrejo no daba señales de vida, le pareció mejor echarse una buena siesta y esperar a su contrincante. Se durmió feliz de la vida y enseguida estaba roncando.

El cangrejo, en cambio, se frotó una vez más las manos, se pasó la lengua por los bigotes y reanudó la marcha a toda prisa hacia la fuente. Ya sentía el agua fría del manantial cuando el perro se levantó de un salto, todo nervioso y asustado, miró a su alrededor y otra vez se puso a gritar a pleno pulmón:

—¡Eeeeeeh, cangrejo! ¿Dónde estás que no te veeees?

—Aquí estoy, hombre —oyó a sus espaldas. Hace más de media hora que llevo esperando. Me parece que hiciste mal las cuentas. ¡Demasiado dura la subida, o qué! Echate un trago de agua que estás sofocado. ¡Ji, ji, ji, ji!...

El perro se quedó mudo de vergüenza y de rabia. ¡Qué ojillos ponía! No podía comprenderlo. Al cangrejo le entró tanta risa que no podía pararla, y de tanto reír y reír se puso colorao, colorao, como cuando los fríen en la sartén.

El perro agachó la cabeza, bajó las orejas y con el rabo entre las patas se fue monte abajo.

Y colorín colorao,
este cuento se ha (a) acabao.

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