Juanis conoció al famoso Juan Lobo, capitán de bandoleros que en aquellos tiempos tenían su guarida en una de las cuevas de la peña de la Concepción. Juan y los suyos eran los dueños y señores de los tres valles (Aguilar, La Berrueza y Santa Cruz de Campezu) a base de robos y atropellos.
Salió una tarde Juan Lobo y uno de sus compañeros a saltear el camino de «la espina» de Azuelo, por donde debían regresar los vecinos de este pueblo después de vender sus cargas de trigo en Logroño.
Un pastor de cabras que los reconoció desde lejos, avisó a Torralba. Pronto se juntó un grupo de más de veinte arcabuceros. Cargaron las armas y se dirigieron hacia el lugar. Una bandada de cuervos avisó a este de la proximidad e intenciones de los cofrades. Juan Lobo huyó hacia Bargota, logrando entrar en la casa de Juanis sin ser visto por nadie.
Los perseguidores y los vecinos del pueblo con su regidor al frente, hicieron todas las pesquisas necesarias para dar con el bandolero sin ningún resultado. Aquella noche, cerradas las puertas de la villa, establecieron guardias en todos los caminos de salida, pero nada anormal se observó esa noche ni al día siguiente. Nadie pudo dar señales del bandido.
Días después, un rumor se extendió por el pueblo. Juan Lobo —se decía— pasó la noche con Johannes. Por la mañana, prestó al bandido su capa invisible, y con ella embozado, cruzó el portal de la iglesia, tomó el camino de Espronceda y llegó sano y salvo al castillo de Punicastro.
Personas mejor informadas decían, sin embargo, que Juanis y su huésped se habían encerrado en el cuarto de los ungüentos, y convertido Juan Lobo en gato negro, había escapado a través del campo; que varios peones habían visto a un enorme gato negro y untuoso cruzar velozmente las fincas aquel día; que un pastor de Espronceda había perseguido a un gato de pelo brillante como la seda que, metiéndose entre las ovejas, las llevaba espantadas por cogotes y despeñaderos, pereciendo algunas de ellas; que, habiéndole dado un tremento garrotazo, dejóle tendido y casi muerto en el suelo, y que, intentando acabar con él, dióle un segundo golpe que lo reanimó y lo volvió a su estado sano y natural, huyendo después con gran sorpresa del pastor; que éste se convenció más tarde de que el tal gato no era gato y sí una tremenda bruja, y que, por lo tanto, debió darle uno, tres o cinco garrotazos, es decir, un número impar para acabar con él.
Todo esto se dijo y se creyó en el pueblo. Pero lo cierto fue, según lo contó el mismo Juan Lobo, que Johannes vistió al bandolero con su capa y manteo, con sus zapatos de hebillas y calzas negras, su sombrero de paño negro y ancho alero y, embozado hasta los ojos por el frío mañanero que bajaba de la peña, pasó el portal y tranquilamente llegó a Punicastro, siendo visto por muchos y por nadie reconocido.
Las mujeres de Bargota que llevaban el pan al horno, vieron, y así lo contaron, pasar a Johannes aquella mañana con su vestimenta de clérigo en dirección al Valle de Aguilar, a fin de asistir a un entierro de pompa. Mas nada de eso fue verdad. Johannes no salió de su casa en todo el día y en el Valle de Aguilar no hubo entierro de pompa ni de miseria.
Dícese que desde aquel día jamás hizo daño Juan Lobo a los de Bargota, y que, en recuerdo de aquella hazaña, la calle de Bargota por donde pasó y escapó el capitán de Punicastro se llamó y se llama aún «calle de Juan Lobo».
![]()