Sobre los cuentos

(A modo de epílogo al estudio de Rafael Corres)

por José Javier Ciordia Díaz de Cerio

profesor de filosofía del I.E.S. «Ximénez de Rada» de Pamplona

Para quienes hemos vivido, en Torralba, o tantos otros lugares, los últimos momentos de la tradición oral popular, el trabajo "Los cuentos que me contaron" de Rafael Corres rescata al olvido los ecos de unas voces ya desaparecidas. Ellas nos devuelven el mensaje perdido de la infancia: nuestro primitivo sentido de las cosas.

El autor ha conseguido el doble objetivo que se propuso. En primer lugar, levantando acta de un mundo que pereció, reavivar las voluntades de una comunidad que, dispersada por la emigración y arrancada de de su mundo, siente en propia carne el descalabro de su proyecto vital. Porque sólo es posible el porvenir para quienes no renuncian a su pasado, el autor devuelve a su memoria a los forzosos forasteros, obligados a plegarse a otro mundo cultural -próximo o lejano- y a quienes aún aguantan en el viejo hogar.

Se propone, en segundo lugar, evocando esa época desde sus narraciones orales, realizar un estudio, formal y de búsqueda de sentido de los cuentos. Se trata, pues, de un análisis que contempla la totalidad del objeto de investigación desde el prisma cultural e ideológico. El cuento es la forma expresiva de la cultura de las comunidades agrícolas preindustriales. Por pertenecer el autor, de hecho y de verdad, a una de esas sociedades; por la sabiduría que da lo vivido, el trabajo nos muestra a un experto conocedor del tema.

Ahí está el mérito e interés de su trabajo. De ninguna manera se trata de las consideraciones eruditas de un intelectual distante, sino de las reflexiones, a la vez cálidas y rigurosas, de un testigo y protagonista. Todas sus páginas desprenden la clara impresión de un discurso fluido y espontáneo, sin resistencias. Quizás lo más destacable sea la exacta descripción del contexto, natural y humano, del cual los cuentos eran voz; ahí apreciamos, de manera especial, esa proximidad entre lo escrito y el redactor. Todo ello queda perfectamente complementado por la presentación y análisis, más especializado, del muestreo de cuentos y relatos locales recogiendo desde aspectos distintivos, de ninguna manera accidentales, como su oralidad, hasta consideraciones que buscan penetrar más en su sentido.

En este orden, el autor, que limita deliberadamente el análisis a aspectos preferentemente literarios, invita a la vez a un estudio histórico y psicoanalítico de los mismos. Apunto la oportunidad, con respecto a la segunda posibilidad, de aplicar al cuento la técnica de la interpretación freudiana de los sueños. Pero esa tarea, a la vez que requiere una larga meditación, excede el propósito de estas líneas.

No quiero, sin embargo, dejar de realizar algunas anotaciones sobre la función de los cuentos que la lectura del texto me ha, en ocasiones, revelado, sugerido o ayudado a intuir.

Con el auxilio de las autoridades que sobre el tema son citadas en el texto -VI. Prop y Olrik- apreciamos en los cuentos dos tipos de funciones.

La primera, de índole práctica, es un verdadero recetario vital, pues busca instruir y adiestrar para la vida a los nuevos elementos que se incorporan a la colectividad. La esencia del cuento consiste en la transmisión de un mensaje sencillo, para unas sociedades sencillas: juicios de valor sobre actitudes, previsión y sanción de modos de comportamiento, deseados o despreciados. Vistos desde nuestras sociedades descalificaríamos, por negativas, sus moralejas. Pero conviene suspender un juicio de ese orden, donde incurriríamos, con candor ahistórico, en la ingenuidad de juzgar una sociedad desde los supuestos y valores de otra.

La segunda, más teórica, aporta una cosmovisión que, respondiendo a los interrogantes y enigmas de la existencia, determina el sentido de la vida. Este mensaje, a menudo implícito, no se recrea y entretiene más allá de lo imprescindible en consideraciones teóricas, sino que busca también postular un modo de comportamiento.

Caso ejemplar en este segundo sentido son los cuentos fantásticos, tan abundantes en las narraciones orales de occidente. Con VI. Prop, nos dice el autor que todos ellos se reducen a uno solo: el relato dramatizado de la vida, de la felicidad como problema. Es el cuento del héroe, el cuento ético. El protagonista, todo hombre, debe enfrentarse a la realidad y triunfar sobre ella. La victoria llega cuando, mediante la acción arriesgada, el héroe supera los obstáculos e impone sus intereses.

El hecho de que todos ellos presentes una estructura idéntica y acaben de manera feliz, nos da luz sobre su sentido profundo: servir como elementos de necesaria reequilibración psicológica. Esa exigencia es satisfecha mediante la representación de un universo estable donde el mundo, hosco pero no intratable, no ha variado en sustancia; donde se puede predicar la bondad de fondo de las cosas, su accesibilidad. Así se fundamenta la fe del hombre en sí mismo y su esperanza.

Ese equipamiento cultural fortalece la creencia del hombre y lo salva del escepticismo existencial, constituyéndose en su verdadero "sitio de poder", en fuente energética donde repostar.

Parece que tales operaciones del espíritu, profundamente arraigadas en todo hombre, emergen de sus estratos más profundos e incontrolables. Es curioso y sintomático que la tendencia a una representación segura e invariante de las cosas, apreciable en la identidad última de los cuentos fantásticos, se haya mantenido en la filosofía. Cuando ésta abandonó el modo de pensar mítico, antepasado ilustre de los cuentos, intentó justificar racionalmente la idea de permanencia e invariabilidad contra el vértigo de la percepción inestable de las cosas. Algo importante se jugará el hombre en ello cuando encontramos tanta insistencia.

A todos aquellos que tengan un obsesivo prurito de originalidad, casi indistinguible de una sospechosa aversión al pasado, quizás sorprenda y decepcione, que, cuantitativamente, el muestreo presente pocos elementos exclusiva y genuinamente autóctonos (sólo los cuentos de brujas, las tradiciones históricas y los cuentos explicativos). Así, las fábulas en verso son adaptaciones de cuentos universales de la cultura europea, algún cuento fantástico junto con los burlescos son elementos culturales de propiedad rumana y geográfica muchísimo más amplia que el diminuto universo de Torralba.

Lo sentimos por ellos. Pero tal hecho no se constituye, por varias razones, en una objeción para el trabajo.

Porque, en primer lugar, no pretende el cuento originalidad. Hay, por el contrario, un gusto por la repetición, por oír lo ya sabido. Los temas, muchas veces impuestos por la presión de otro medio cultural dominante, son adaptados respetando lo esencial de los relatos. Pero esa traducción nunca es mera copia. Si es disculpable esa dependencia copia-original, se debe a estas dos razones: por la afinidad de fondo de unas y otras sociedades y porque en el relato, respetando su esencia y estructura, es aproximado al oyente mediante su escenificación más familiar y expresión en términos del lenguaje cotidiano.

Además, nada tiene de extraño que la temática narrativa se alimente de fuentes foráneas. Aun tratándose de comunidades autosuficientes y, por tanto, relativamente aisladas, sin embargo, fruto de los siglos, penetró en ellas toda una superestructura cultural exterior, con el consiguiente retroceso de lo genuino y local. Este elemento, entonces exógeno, puesto a salvo de toda crítica por estar revestido de lo sagrado, no toleró a su lado más que formas culturales coincidentes, o, a lo sumo, neutras. La religión capitalizó, sobre todo, algo próximo a lo que hemos denominado función segunda de los cuentos: poner en contacto al oyente con la dimensión transcendente de la existencia, con su vertiente misteriosa y sobrenatural.

Debemos pensar, en este sentido, que los cuentos de brujas, por ejemplo, más abundantes cuando más nos acercamos a comunidades todavía aisladas, son restos desfigurados de mitologías caseras anteriores a esa tremenda conmoción cultural.

La historia cultural de occidente es la crónica de una pérdida: lo particular, distintivo y personal, por lo universal, uniforme e impersonal. Este proceso, claro desde el fin del período clásico griego, e interpretado en clave religiosa con el cristianismo, se agudiza hoy con la omnipotencia de los medios de comunicación que buscan, mediante la aplicación del corsé de un único modo cultural, una galería tipológica, mínima y rentable, de formas de ser hombre.

El tiempo acabó rebajando el valor de unos cuentos a mero pasatiempo y elevando otros a la categoría del CUENTO O LA VERDAD.

No quisiera acabar sin plantear el problema de la actualidad y el porvenir de los cuentos, que es a la vez el juicio que puede sancionar sobre la oportunidad u ociosidad de trabajos como éste.

Aun tratándose de una forma cultural de sociedades ya desaparecidas, el cuento guarda una enseñanza nada desdeñable. Para quienes, perdido aquel mundo y sus palabras, han sido arrojados al laberinto y movimiento vertiginoso del tiempo presente. Para quienes sufren de desasosiego porque no saben cómo hacerse con la vida y sienten la tentación de abandonar o refugiarse en el espejismo del pasado, a todos puede el cuento aportar una idea-guía fundamental: su manera de entender la vida.

Tres calificativos definen su actitud: activa, lúdica y optimista. Activa, porque no se demora ni atasca en los meandros de una deliberación viciosa. Lúdica y festiva, porque modera con el cuento los excesos de la Verdad intolerante. Y optimista, porque es necesario luchar contra la desesperanza del ánimo que, abrumando el corazón, borra los senderos transitables de la vida.

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