Granada Tenebrista
Antonio Muñoz Molina
Llevamos viéndolo toda la vida pero de pronto parece que sólo ahora los estamos mirando, cuando no nos los encontramos en la calle y nos apartamos de ello con algo de instintivo rechazo físico, sino cuando surgen delante de nosotros en las fotos en blanco y negro de Juan Ferreras, con toda su ternura tenebrista, con toda su verdad feroz. A alguno lo hemos visto desde niño, se ha cruzado por nuestra vida docenas de veces, como un figurante machacón en una película, y mientras nosotros estudiábamos nuestras carreras, nos enamorábamos, cruzábamos la ciudad heridos de deseo o de literatura, o de esa mezcla emtre las dos cosas que resulta ser tan explosiva y cabezona como ciertas mezclas alcohólicas, él también iba progresando a su manera, se hacía mayor tirado en la calle, emprendía una carrera de flautista catastrófico o de pedigüeño de salmodia, se extraviaba poco a poco en una locura a la vez pública y secreta: algunos de ellos, húespedes de las calles más frecuentadas de la ciudad, son también como ermitaños alucinados por la soledad tórrida de los desiertos, e igual que ellos viven en cuevas horadadas en la tierra y permanecen absolutamente ajenos a las tentaciones y a las vanidades del mundo. Cuando yo llegué a Granada, tanto como la belleza de la ciudad me sorprendió la abundancia en ella de esas almas errantes, de esa población fija o transitoria de pícaros, alucicados, tullidos, mendigos de harapos y muñones barrocos, charlatanes dementes y solitarios que andaban por ahí enredados en querellas feroces con ellos mismos o con los fantasmas que los rodeaban. Quizás la ciudad , que había sepultado un río y borrado bajo el asfalto y el silencio la parte más inconfesable y más cruel de su memoria, mostraba a través de ellos el reverso negro, chillón y desgarrado de su seriedad burguesa, de su esplendor añorado y perdido, de su fondo pusilánime de acomodación a todo. Hubiera sido preferible no mirar a esa gente, pero no había modo de apartar los ojos, venían hacia uno y lo interpelaban, lo asediaba una mano tendida, una mirada fija y sombría, ese muñón primero infantil y luego adolescente y luego broncamente adulto que nos rozaba el hombro y nos volvíamos y era una cara arcaica de mendigo y hambriento que podría haber existido idéntica en la Granada de hace un siglo y en la de hace diez.
En una ciudad tan adicta a la reserva, tan amordazada por las cautelas de la conveniencia, asombrada y asombra el descaro de esa gente, su desvergüenza al mostrar un brazo cortado o una pierna con llagas. Eran los descendientes de los mendigos medievales y barrocos, de una humanidad sucia y despojada que todavía puede verse cuando se cruza el Estrecho y se camina por una calle marroquí. Pero también se fueron agregando a ellos, a la vieja guardia de los mendigos y los locos, los náufragos de los nuevos tiempos, las víctimas o los residuos que dejaba tras de sí la modernidad del nomadismo hippie y de las drogas. Los hemos visto buscarse la vida con sus flautas tristes, sus cacillos y cuencos de pedir, sus brazos melodramáticamente abiertos, sus talentos desperdiciados para el histrionismo o la música. Alguna vez les hemos dado una limosna, pero jamás hemos querido detenernos, mirarlos a los ojos, cruzar una palabra con ellos. Yo creo que lo que nos produce tanto rechazo es el miedo, miedo a saber que el equilibrio de la conciencia humana es muy frágil, que las seguridades que los tragaron a ellos, arrojándolos a esa otra orilla de la ciudad que está contigua a nosotros y que también inaccesible.
Náufragos en el corazón de la ciudad, viven entre la gente como robinsones solitarios y fieros, ensimismados, gritones, apacibles, envejeciendo al mismo tiempo que mosotros, aliados a nuestras vidas exactamente igual que los callejones y las plazas de Granada por las que se cruzan con nosotros. Pero nadie, hasta ahora, les habís reconocido la plenitud de una presencia, se había detenido verdaderamente a mirarlos, a aceptar que viven con el mismo rango que los otros, los que están al otro lado de una frontera menos firme de lo que casi todos pensamos. Quizás en todo el siglo XX, la fotografía es el único arte que ha dejado testimonio de las vidas y los rostros individuales, irrepetibles y sagrados de los pobres, de las víctimas de las guerras, de los trabajadores, de los perseguidos. Juan Ferreras, fotógrafo aventurero que por vocación y por instinto se pone siempre del lado de los débiles, ha tenido el valor y la compasión -en el sentido más noble y exacto de esa palabra maltratada- de mirarlos alos ojos a cada uno de ellos, de retratarlos en toda la dignidad de su presencia y de su desgracia, de su derecho irreductible al respecto, a la ciudadanía de esa Granada tenebrista y oculta a la que nosotros, aunque no queramos, también pertenecemos.