El minuto de silencio

 

Luis Vicente Hidalgo

(Navalmoral de la Mata, marzo-2005)

 

El fútbol en sí no le gustó nunca con excesiva pasión. Los toros tampoco. Ni la zarzuela. Disfrutaba del dibujo de unas triangulaciones o de un gol de chilena con el mismo encanto que de unos naturales ligados y rematados por una trinchera, o del juego provocativo de voces ensalzadas en el escenario en contraposición con instrumentos hundidos en un foso, todo aclamado por el público asistente. Lo que le seducía realmente era el escenario, la parafernalia global del espectáculo.

 

De todos, ese Estadio tenía algo especial. Permanecía en su retina infantil como un fotograma inalterable que evocaba con mayor fuerza y esplendor a medida que se alejaba en la conciencia del tiempo. Le parecía, incluso, que los jugadores eran los mismos, que los espectadores no se habían movido de sus asientos, que los colores del equipo brillaban con la misma intensidad de siempre. Escuchaba el himno como si fuese aquella primera vez de su niñez y advertía ruborizado la carne de gallina que asomaba por sus brazos.

 

Con el paso de los años se acomodó en la misma Peña de aficionados que le reveló un día, de la mano de su padre, el sentimiento por unos colores. Dos o tres partidos por temporada, nada más. Tampoco necesitaba vivirlo más veces. Era una especie de fenómeno de regresión extraño que le sentaba en la grada para volver a embelesarse con el griterío, con la desesperación más que con el júbilo, con el sentir de miles de almas que olvidaban, apenas dos horas, los sinsabores de la vida cotidiana.

 

Pero era la primera percepción del escenario lo que bombeaba su sangre con más ahínco, como si cada vez que entraba en el campo fuese también la primera vez. Le gustaba acceder mucho antes de comenzar el partido para observar el desfile de hormigas locas que trazaban distintas trayectorias hasta encontrar su lugar. Y era justo en el pitido inicial del juego cuando contemplaba la fidelidad de los seguidores. Después hada siempre lo mismo, no seguía el juego con insistencia, miraba el bullicio de las localidades, la parquedad y seriedad de la tribuna de dirigentes y personalidades, oía los cánticos de la afición y se recreaba con el tapiz verde sobre el que corrían los mismos jugadores de su infancia.

 

Sí, la afición desahogaba la semana con atributos multicolores hacia los suyos y el contrario, o la emprendían con el señor de negro. Comentarios jocosos o hirientes que dependían del grado de implicación con el resultado, con el desatino del silbato, con el nivel de contagio de una enfermedad llamada "forofismo incondicional", a veces radical. Así lo bautizó él mismo en sus reflexiones.

 

La última vez que fue a su Estadio volvió a observar cómo las hormigas tomaban poco a poco sus asientos; oyó los cánticos de los forofos y comprobó que, una vez más, se extralimitaban con las bengalas humeantes que poblaban el césped de una atmósfera que a duras penas permitía lucir el esplendor verde del Estadio. La megafonía anunció un minuto de silencio en memoria de las víctimas del 11-M y de seis Guardias Civiles. Sueños, todos, convertidos en cruel pesadilla. Cincuenta mil espectadores, ya no eran hormigas, se pusieron en pie. Apagaron las bengalas, cesaron los cánticos, prevaleció el humo sobre el campo y una música con sabor a homenaje, triste y rabioso, invadió el Estadio. En el minuto atronó el silencio, gimió la melodía y se escapó de una sola garganta una voz que gritó ASESINOS dos veces.

 

En el viaje de regreso, el que una vez fue "el hijo de la mano" convertido ahora en "en padre con el hijo", le preguntó a éste qué le había impresionado más del partido que acababan de presenciar. El minuto de silencio, contestó.

 

Estuvieron en una manifestación de dolor y repulsa, un año antes, bajo una lluvia que eran lágrimas de un adormilado Dios; estuvieron parados unos minutos de recuerdo y condena en su centro de trabajo e Instituto; y estuvieron un minuto de sobrecogedor silencio y memoria en el Estadio Vicente Calderón.

 

En su mente aún continúa doblando de forma insistente el eco de aquella garganta. ASESINOS, ASESINOS, ASESINOS...

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