Desarrollo de la fiesta de San Juan
Al describir el desarrollo de esta fiesta nos referimos a la forma de celebrarla en el presente siglo. Sus rasgos más notables es casi seguro que se dieran también durante una buena parte del siglo XIX. Desde luego, la morfología actual difiere de la primitiva, como es natural. De esta última pocos detalles concretos podemos señalar aparte de los indicados anteriormente, procedentes de archivo. Es claro que con el tiempo el aspecto exterior —no nos atrevemos a tratar el ambiente espiritual de la cofradía— ha tenido un desarrollo en declive, aunque desde hace unos años, gracias a la iniciativa de los habitantes de Torralba, ha recuperado algo de su esplendor.
En primer lugar aclararemos que San Juan no es el patrón de la localidad de Torralba del Río; lo es solamente de la Cofradía que lleva su nombre. El patrón de Torralba del Río es Santo Tomás de Cantérbury. Por otro lado, las fiestas patronales tienen lugar en setiembre, en honor a la Virgen de Bañano. Sin embargo, la fiesta de San Juan ha sido siempre muy celebrada por todo el vecindario. Además de los vecinos del pueblo acudían gentes de lugares cercanos, lo que nos da una idea del esplendor de la fiesta.
De víspera.
El día 23 de junio se suspendían las faenas cotidianas antes que otros días. Torralba se preparaba para celebrar una importante fiesta. Los mozos comían pronto para ir a recibir a los músicos a las afueras del pueblo. La llegada de éstos se anunciaba con cohetes. A continuación la música daba una vuelta por la población. Ni qué decir tiene que los músicos eran recibidos con gran algarabía. Al anochecer los cofrades se reunían a cenar. El menú consistía en sopa y las menudencias de cordero o cabrito que se despacharía al día siguiente.
La mañana de San Juan.
Lo mismo que en cualquier lugar, se encendían hogueras; las típicas hogueras de San Juan. Estas se hacían en las afueras de la población y congregaban a grupos de personas que tomando chocolate eran sorprendidas por el sol sanjuanero en el amanecer más solemne del año. A esa misma hora se solía acudir a una monumental fuente, situada junto al camino que conduce a Codés, para lavarse la cara con sus aguas. Las mujeres cogían en sus cántaros esa agua que manaba con las primeras luces del día. Luego era llevada a cada casa para que los familiares al levantarse se lavaran con ella. Ese agua «quita los granos». Hace muchos años los mozos vieron bañarse desnudo en dicha fuente a un vecino de avanzada edad, lo que fue motivo de bromas y comentarios. Tal vez aquellos mozos ignoraban que en otro tiempo ese baño era una práctica extendida en el vecindario.
Lo que es cierto es que nos encontramos cara a cara con un caso, de entre la multitud que se ha citado hasta la fecha (leamos a Caro Baroja en su obra «La estación de Amor»), de utilización de aguas de la mañana de San Juan. Utilización promovida por una serie de creencias ancestrales que conforman el rico folclore del solsticio de verano.
Pero volvamos a la mañana de San Juan torralbesa. A primera hora, un cofrade se vestía de moro, recordando así al histórico y a la vez legendario Juan Lobo. Ataviado con ramas y hiedras, con un pañuelo ceñido a la cabeza a modo de turbante y la cara ennegrecida con un corcho quemado, sorprendía a los madrugadores y trasnochadores que festejaban por las afueras tomando el chocolate de rigor. En seguida los mozos, armados con palos, escopetas, cohetes, etc., emprendían una veloz persecución por los huertos y términos que miran hacia Espronceda. El moro, al verse acosado, se dejaba coger, pero pronto se daba de nuevo a la fuga. Por último, Juan Lobo se dirigía a la balsa que está junto al pueblo y allí era capturado definitivamente. Pero eso costaba mucho a sus perseguidores, ya que el moro encontraba su último refugio en las aguas de la balsa. Desde allí salpicaba denodadamente a los otros, que intentaban cogerle desde la orilla. Cierta vez alguno cayó a la balsa, agarrando, en vez del moro, una buena pulmonía. Al final el terrible Juan Lobo, era apresado y conducido a caballo o en burro hasta el frontón que hay junto a la iglesia. Una vez más se había revivido el viejo episodio de la Cofradía.
En el trinquete se leía una sentencia, siempre en verso, que se componía cada año. En ella se acusaba a Juan Lobo de los males acaecidos durante el año. Por último, el moro era ejecutado según dictaba la sentencia; unos disparos o unas lanzadas «de mentira» acababan con aquel estrafalario personaje. A veces había perdón.
Como botón de muestra de aquellas sentencias que se leían por San Juan, tenemos aquí una compuesta por el torralbés Jesús Díaz de Cerio:
Una vez concluido este simulacro, los cofrades iban a sus casas «a mudarse» para asistir a la procesión y misa solemne que tenía lugar a media mañana. El cofrade que por unas horas abandonaba, con todo su buen humor, el cristianismo para convertirse en un terrible moro, llegaba siempre a casa sudoroso y empapado por las aguas de la balsa. Pero eso importaba poco; aún quedaba todo el día de San Juan por delante.
Los cofrades, como hemos visto, tienen obligación de acudir a las funciones religiosas de la Cofradía. Para ello era necesario llevar un bastón como distintivo de la Cofradía, con la obligatoriedad de tenerlo consigo durante toda la fiesta. Estos bastones tienen tallado en el mango una cabeza de animal o de persona. Para el cofrade que no lo usaba hay multas determinadas en las reglas de la Cofradía. Es también obligatorio usarlos en los entierros de cofrades. El abad, tanto en la fiesta de San Juan como en los entierros, lleva una lanza que hace las veces de banderín. Esta lanza —como de 1,70 metros aproximadamente— es de indudable antigüedad. Junto a la punta va una pieza de damasco rojo con ribetes dorados que constituye el banderín.
Se ponen, además, como adornos dos o tres lazos de seda bordada con flecos dorados y que sujetan otros tantos pañuelos de seda multicolores. La ornamentación se complementa con flores frescas rodeando la punta de la lanza. En los entierros se adornaba sólo con un lazo negro con bordados.
En la procesión se sacaba el santo en andas. El bulto de San Juan llevaba el collar de roscos rodeándolo. También se colocaban roscos en la peana. Estos roscos eran para los cofrades y los monaguillos. Antiguamente el abad solía ir con la lanza montando un caballo, a poder ser blanco. Algún año fue vestido de militar: «chaqueta» amarilla con galones dorados en las rnangas, pantalones verdes con galones dorados, botas de montar y gorro con plumas de los que usaban antes los militares. Este traje fue traído de Cabredo por un vecino de Torralba, natural de allí. En Cabredo se usaba con otros más en alguna ceremonia. Con los años fue a parar a un desván del pueblo.
La misa la pagaba la Cofradía, como viene especificado en las reglas. No obstante acudía todo el pueblo, como en las grandes festividades.
La Cofradía en actualidad está formada por unos cincuenta hombres(datos facilitados por el actual Abad, Jesús Cayetano, teniente de alcalde de Torralba). Existen los cargos de abad, dos mayordomos y cursor. Este último es el encargado de hacer sonar la campanilla de la Cofradía para llamar a los cofrades a las misas mensuales y otros asuntos y funciones de la Cofradía. Estos cargos son para un año.
Antiguamente la Cofradía de San Juan era la más importante de las de Torralba y «la de más mérito». Prueba de ello puede ser la Bula con indulgencias dada a la Cofradía por Benedicto XIII en 1726. Fernando Bujanda opina que esta Bula Pontificia se obtuviese por intercesión del P. Miguel de Torralba, prestigioso capuchino del siglo XVIII.
Al mediodía había una gran comida de hermandad a base de cordero y buen vino. Los cofrades se juntaban en casa del abad y también en la de los mayordomos si en la primera no cabían todos.
Por la tarde. El baile de la Balsa.
A la tarde había Vísperas y Rosario. A continuación los cofrades, siempre con los bastones en la mano, acompañados de la música, se desplazaban hasta las orillas de la balsa. Esta balsa estaba situada a las afueras del pueblo, junto a la carretera de Codés. Hoy prácticamente ha desaparecido. Allí tenía lugar «el alarde». Los torralbeses dan mucha importancia a este alarde; es lo que da más fama a la Cofradía, según ellos. Todo el pueblo, y también personas de pueblos cercanos, bajaba a la balsa a presenciarlo. Junto a la orilla se ponían tres sillas: para el abad de la Cofradía, para el párroco y para el músico. El alarde consistía en una reverencia que cada cofrade hacía ante la lanza del abad y en bailar a continuación individualmente una pieza determinada, volviendo a hacer la misma reverencia al terminar. El primero en bailar era el abad, que lo hacía empuñando la vieja lanza. A continuación iban pasando, uno por uno ante la lanza, el resto de los cofrades llevando todos ellos el bastón en la mano. Las reverencias consistían en una ligera genuflexión, acompañada por el gesto de descubrirse la cabeza si el cofrade llevaba boina. El baile era alegre pero austero. No obstante, había cofrades con muy buen humor que causaban gran regocijo con sus evoluciones. Había alguno que se remangaba los pantalones y metía los pies en el agua de la balsa para salpicar a las espectadoras. Cada cofrade bailaba una vez la pieza. Algunos no bailaban por estar de luto o por otras causas; en este caso se limitaban a hacer sólo la reverencia, ya que ésta era obligatoria para todos. Como vemos, esto de la reverencia ante el abad era esencial en el alarde.
La pieza que tocaban los músicos era siempre un aire de jota. Los cofrades la solían bailar empezando con «punteados» para seguir con movimientos laterales y vueltas, todo ello con sencillez. De todas formas cada uno lo hacía a su manera.
Los músicos tenían la obligación de repetir el baile sin interrupción, una y otra vez, hasta que todos los cofrades habrían pasado ante la lanza. La variedad de melodías en el alarde puede ser debida a la presencia de diferentes músicos a lo largo del tiempo. En un principio, hacia los años veinte o treinta y aun antes, iban a Torralba gaiteros de Viana: Roque, gaitero ciego antes citado, acompañado del «redoblante» y también Julián Matute y Teófilo Chasco. Cuando tocaban estos gaiteros hacían una introducción. Más tarde iba por el pueblo «Besuguillo», clarinete de Viana, y «Juanito», clarinete de Estella. Con estos últimos parece ser que se habría cambiado de melodía. Últimamente acudía un acordeonista de Aras o algún otro músico que «pillaban por ahí». Un año la Cofradía pidió una subvención a la Diputación para contratar gaiteros, pero no hubo respuesta. También se recuerdan en el pueblo las actuaciones de los gaiteros de Ventosa (Rioja) y de Estella, pero no por San Juan. Hasta 1945 iban gaiteros a Torralba.
Esta pieza que se tocaba durante el alarde es lo que se llama «el Baile de la Balsa». Una vez terminado el alarde, los cofrades y los espectadores que habían presenciado la ceremonia volvían al pueblo de la misma forma que habían bajado a la balsa. Durante el recorrido los músicos tocaban pasacalles o pasodobles.
El dia de San Juanillo.
Al día siguiente era el día de «San Juanillo». Había una misa por los cofrades difuntos a la que se iba con la lanza y los bastones como el día anterior. Después de la misa se hacía renovación de cargos. La lanza con todos sus aderezos, junto con el libro de cuentas de la Cofradía y las velas para el altar de San Juan, era depositad.a en casa del nuevo abad. Con este motivo los cofrades recorrían, con las músicas, las calles cantando unas coplas a los vecinos y en especial a los nuevos cargos. Estas coplas eran, para entendernos, de las de «picadillo». Por ello, aunque algunas estaban compuestas ya de antemano, la mayoría se improvisaban sobre la marcha. Se entablaba entonces un picante diálogo que terminaba cuando a alguna de las partes se le agotaba la fuente de inspiración. La melodía de estas coplas de San Juanillo es de una hechura especial; difiere mucho de las que podemos llamar tonadas clásicas. Estas coplas son algo muy peculiar de Torralba. Para su interpretación los músicos tocaban solos una vez la melodía, y a continuación una segunda vez acompañados ya por la voz del cantador de la copla. A contrnuación damos como ejemplo unas coplas recogidas de entre los cientos de ellas que se recuerdan en Torralba:
Este día también se juntaban los cofrades a comer como el día anterior.
Una vez terminadas las fiestas de la Cofradía de San Juan, el pueblo volvía a la normalidad. Los cofrades retornaban al trabajo diario con las preocupaciones y esperanzas de la ya muy cercana cosecha.
La leyenda del bandido Juan Lobo es una de las tradiciones más arraigadas en Torralba. Durante las fiestas patronales de San Juan, la localidad conmemora la captura de este personaje famoso por las continuas fechorías llevadas a cabo en el pueblo. La escena se reproduce cada sábado de fiestas.
Hablar de las características de un pueblo no es sólo hablar de sus fortificaciones y de sus monumentos, ni de su brillante y lejana historia que descansa en paz en oscuros archivos; es también hablar de sus moradores actuales desde el momento que han asimilado y conservado costumbres e instituciones seculares, hoy tan vivas como en tiempos pasados. Una de estas instituciones medievales es la Cofradía de San Juan. Su nombre completo, según se desprende de los archivos, es el de «Cofradía del Glorioso San Juan Bautista y Alabarderos».
Los cofrades de San Juan han protagonizado páginas muy brillantes de historia local de Torralba y su comarca. En boca de todos los vecinos está la leyenda que cuenta el origen y hazañas de la Cofradía y el significado de la fiesta de San Juan. Esta tradición asegura que hace 400 ó 500 años merodeaba por tierras de Aguilar y La Berrueza un nutrido grupo de bandoleros capitaneados por «Juan Lobo». Al pueblo se le antoja estos malhechores como los últimos moros que quedaban en la comarca y que encontraban refugio en los peñascos de Punicastro y Yoar, en la sierra de Codés, desde donde salían para llevar a cabo sus fechorías. En la villa de Torralba existía una antigua cofradía armada encargada de defender la población. Fue ésta quien decidió acabar con el enemigo público número uno de aquellos lugares. Reunidos los cofrades junto a una balsa en las afueras del pueblo emprendieron la batida. La batalla fue dura, pero al fin Juan Lobo, el último moro de la pandilla, vino a morir de una lanzada en las proximidades de la balsa. Terminada esta hazaña, los cofrades volvieron a juntarse en la mencionada balsa. Al ver que no había ninguna baja entre ellos se pusieron a bailar de alegría. Decidieron traer música y bailar junto a la balsa en adelante el día de San Juan. Este es el origen del baile de la Balsa que todos los años se hacía, hasta hace muy poco, el día de San Juan. En este apartado podrás encontrar ya algunos cuentos recapitulados por Rafael Corres Díaz de Cerio, torralbés, emigrante en Venezuela y ahora profesor de Lengua y Literatura Españolas en un colegio de Logroño. Poco a poco iré poniendo más cuentos.
Sentimos mucho el castigo
Pero hay que dar una lección
En todo el año, no ha parado el moro
De robar, de hacer fechorías y reírse de todos.
Pero al fin los males tienen remedio
Y al moro le llegó el momento
Pagando todo el mal que hizo
A este sufrido pueblo.
Sigamos leyendo la sentencia
Para que lo sepa la posteridad
Viendo que hicimos merecida justicia
A este hombre sin piedad.
A la Purita le vendió un macho
Si te vi, no me acuerdo, le dijo
Mucha falta tenía Purita de dinero
Pero de este macho, no verá ni un céntimo.
Por de la noche recorría las huertas
Robando sólo, en los huertas de los pobres
Su predilección eran las patatas y alubias
Pero nunca en la de Ciordia y el alcalde.
Tenía malos sentimientos
Llevándose lo mejorcito
Cuando no podía más en el carro
Lo destruía con sarcasmo y regocijo.
A unos los tiraba del macho
A otros les mataba los cerdos
A otro le hundió el tejado
Y varios, los tiró, cuestas abajo.
A uno le quemó el grano
A otro le cortó los árboles
No dejó un gato vivo
En ninguna casa del pueblo.
Enemistaba a los vecinos
Robando a otros los jamones
Tiraba piedras a los chicos
Y se especializó en romper coches.
Se le ocurrió quemar matorrales
Y el fuego llegó hasta los pinos de Codés
Se quemaron rastrojos, matas y frutales
Y el miedo se apoderó de los torralbeses.
En una casa a la salida del pueblo
Prendió un cuarto y los muebles
La caja fuerte se salvó de milagro
Pero el susto del buen matrimonio
Sigue estando continuamente presente.
Son tantas las fechorías
Que hace el moro a los vecinos
Que se ha pensado en asamblea
Entregar un millón de duros
A quien lo coja vivo o muerto.
Las gentes estaban asustadas
Teniendo que cerrar las puertas
Pero él se valía de medios diabólicos
Y se colaba por chimeneas y agujeros.
Por todo lo expuesto en este juicio
Y mucho más que me callo
Usando la misericordia con el moro
Acordamos por votación los del pueblo.
Que en vez de morir ahorcado
Como merecen sus crímenes
Morirá dulcemente y con honor
Fusilado de cinco balas en el frontón.
Su cuerpo será despojado
De todo cuanto tenga algún valor
Será tirado al pozo del molino
Invocando por su alma una oración.»
La «pájara» y la «culetes»
se han echado dos mocetes.
A uno le llaman «palancas»
y a otro le llaman «carretes».
Dicen que la María es tonta
y yo digo que es lista,
que se come las tajadas
y le echa la culpa al «carlista».
Las campanas van tocando
y el esquilón dando vueltas,
los amores de Martín
traen a la Leonor muerta.
A veces, sobre todo cuando la rima era fácil y se veía venir, se terminaba el último verso con una palabra que no rimase, con lo que las risas del auditorio eran todavía mayores.
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Las leyendas
Existe en Torralba la Cofradía de San Juan, protagonista de este acto. Un vecino se viste de bandido y los cofrades, con vestuario de ballesteros, persiguen a Juan Lobo por las huertas y lo apresan en la balsa del pueblo. Después, se le lleva hasta el frontón, se le juzga y se lee su sentencia.
También es costumbre que los auroros salgan en procesión y canten en casa del abad, el cursor y los mayordomos de la cofradía de San Juan. Las canciones consisten en estribillos picantes que hacen las delicias de los vecinos. El día finaliza con una comida de hermandad entre cofrades. De esta tradición procede el baile de «La Balsa», muy conocido en la zona de Tierra Estella. La danza tiene su origen en Torralba, porque fue en la balsa del pueblo donde se capturó al bandido Juan Lobo. Un grupo de danzas
de Estella se ha encargado de enseñar este baile para que lo recuperen jóvenes de Torralba [¡y qué bien lo han aprendido ya!]
Las Cofradía de San Juan

Los cuentos que me contaron
La última actualización de esta página se ha realizado el 30 de junio de 1999